lunes, 28 de febrero de 2011

En el tren


Las anécdotas ferroviarias son incontables, tanto como viajeros surcan los caminos de hierro a bordo de los convoyes que recorren el mundo. Me gustan tanto los trenes como me aburre viajar en ellos; no soporto el tedio que me producen las horas del viaje que a pesar del paso del tiempo, siguen inalterables entre la Capital de la Huerta y la de la España plural. Ni la película, ni la merienda me sacan del sopor que producen tantas horas de viaje, así que me dedico a observar a mí alrededor.

Samuel, así se llamaba un chaval de no más de cinco o seis años, que junto a su hermana, algo mayor que él y sus padres, compartían rincón turista en mi vagón. Durante tres horas más que largas, Samuel, a los mandos de su consola de videojuegos movía sus diminutos dedos a la velocidad del rayo mientras acompañaba con la lengua sus andanzas en la pequeña pantalla. De vez en cuando su padre participaba en el juego en clara inferioridad de reflejos, ¿quién soy yo, Samuel? Y Samuel pacientemente lo colocaba en órbita con el jugador correspondiente. El padre inseguro lo intentaba por un rato, hasta que Samuel aburrido de la torpeza paterna, tomaba de nuevo el mando.

Samuel dominaba toda la electrónica familiar, incluida una pequeña cámara digital con la que arrancaba poses y sonrisas a su familia. Dos niños pequeños, con sus videoconsolas y sus ratos de aburrimiento movido; ni una mala cara de sus padres, ni una voz más alta que otra. Complicidad entre los cuatro y paciencia a raudales hasta llegar a Calasparra.

Insólito lo del joven que en llegando a destino, baja su bolsa de viaje y con parsimonia saca de ella una caja de reloj, y esta de una ajada funda de cartón, se quita el reloj de la muñeca, extrae de su almohadilla el de la caja y lo sustituye por el que se acaba de quitar, y que a su vez ciñe a la almohadilla y guarda en la caja que introduce de nuevo en su macuto. ¿Por qué? ¿un regalo? ¿una promesa? ¿un capricho? ¿una coquetería? ¿una superstición? Cogió su petate y se fue y la duda quedó sin resolver.


- Señor, disculpe, el 6A es mi asiento.

- ¿Cómo dice?

El viajero interpelado, sentado ya, saca su reserva y un tanto desconcertado intenta conectarse a Internet (estamos en la estación aún) para confirmarla.

El tren arranca y la azafata de guantes negros le pide con cierta brusquedad a la muchacha que despeje el pasillo y se salga al descansillo hasta que el Interventor aparezca y solucione el entuerto.

17 0 18 años, no más, la maleta, el bolso y su billete apretado en la mano, nerviosa pero segura de su razón, el asiento 6A es suyo. A mi lado hay un hueco y le ofrezco esperar ahí al Interventor, que aparece a la altura de Alcantarilla, el convoy está lanzado.

- Buenas tardes, ¿cuál es el problema?

La chica le enseña su billete.

- Este señor y yo tenemos el mismo asiento ¿este es el coche 2, no?

- Sí señorita, es el 2, ¿a dónde va usted?

- A Valencia, claro.

- Pues este tren va a Madrid....

Desconcierto total de la joven viajera.

 - ¿Y ahora que hago? ¿cuál es la próxima parada?

- Cieza, pero no pasa otro de vuelta hasta la noche.

El nerviosismo de la chiquilla aumenta, la situación la ha superado por completo. Me acuerdo de mis niñas cuando viajan en tren y de lo impotente que se siente uno ante una situación así.

Paso de observador y me inmiscuyo en la conversación.

- Quizá si sigue hasta Albacete pueda enlazar con alguno de Madrid a Valencia.

El Interventor menea la cabeza.

- Ahora con el AVE no pasan por Albacete, y de Albacete a Valencia solo hay un par de viajes al día. Quizá pueda enlazar con alguno que vaya a Alicante y luego coger un regional a Valencia.

Mientras la chica se lo piensa, el Interventor reanuda su ronda. Al poco, esta recoge sus bártulos y se aleja en busca de algún asiento libre. Cuando el hombre regresa, me pregunta por nuestra amiga y le indico hacia donde se fue.

Pasamos Albacete, y mientras nuestro tren toma velocidad de nuevo, el Interventor pasa por mi lado y me cuenta que hubo suerte, ha podido reubicar a la jovencita despistada en un tren que se cruzó con el nuestro, camino de Alicante, y de allí a Valencia, su destino final.

Moraleja, cuando uno viaja en tren hay que seguir varias reglas:

1ª Meter en la maleta todo aquello que vamos a necesitar.

2ª Llegar a la estación con tiempo suficiente para asegurarnos de que el tren que cogemos es el correcto.

3ª Cuando todo se tuerce, pedir ayuda, sopesar las posibilidades y escoger la solución más adecuada.

Final feliz para un viaje del que su protagonista podrá presumir que para ir de Murcia a Valencia, se dio un garbeo por Albacete.